Consiste en cerrar los ojos;
apretarlos muy fuerte
y perderse
en el bosque de la memoria...
Entonces puedo volver
a servir
el postre en la terraza de mis abuelos,
temblar
con el zumbido de los mosquitos gigantes de la meseta,
verte
descubriendo campanas, como si fuese hoy,
y sentir
el frío de las olas cantábricas en los pies
una
y otra
vez...
martes, 9 de febrero de 2010
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